domingo, 26 de agosto de 2007

Canción triste de un planeta solitario





Vagaba por el espacio vacío, sin un universo propio, a velocidades vertiginosas hacia un porvenir aún sin definir. Guardaba en mi interior el germen de la vida, enterrado bajo mi piel y protegido por la atmósfera incolora de los planetas sin hogar. Dejé atrás brillantes soles incandescentes no por desdén o vanidad sino por la confianza ingenua en una tierra prometida primero y por el miedo a la desilusión de las esperanzas inconclusas después. Quizás algún día, en algún recoveco de la curvatura del espacio, encuentre el agujero de gusano que me transporte al campo de gravedad de mis deseos... y te encuentre allí quizá no con los brazos abiertos, pero si al menos con la leve confianza en un nuevo amanecer bajo un radiante sol de Mayo.

sábado, 25 de agosto de 2007

La defensa del sarcasmo

Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, la ciudad ardía por completo. Esbozó un gesto de resignación y pensó y qué. Contempló por unos instantes, con las manos en los bolsillos, el desangrarse de las calles abarrotadas de gente que corría porque aún tenía algo que salvar y se le escapó la sonrisa triste de los que ya han renunciado a todo; de los que han dejado de refugiarse en los recuerdos inventados y a quienes ni siquiera les queda la rabia de la impotencia por los sueños sin cumplir. Abrió la ventana, cerró los ojos y recibió en plena cara el golpe del calor insoportable, el horror de los gritos de socorro, el aullido estéril de las sirenas agotadas e impotentes y el estruendo de la explosión de los cimientos de la ciudad; y sin embargo, sólo pudo oír el silencio de las aves que ya se habían ido hacía tiempo; y entonces, comprendió que todo lo que le quedaba era la defensa del sarcasmo y lenta, premeditadamente, sacó un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió.

jueves, 23 de agosto de 2007

Cuadro del mes de Septiembre

Capítulo uno

Me encontré, en el Cambio de planes, con el hombre del traje gris. Estaba sentado junto a la ventana al fondo del local y junto a él descansaba su sombrero sobre el asiento. Respondió a mi saludo con una sonrisa triste y con un leve gesto me invitó a sentarme. Frente a él, sobre la mesa, humeaba un café intacto y yo pedí lo mismo cuando la camarera se acercó a tomarme nota. Me ofreció un cigarrillo y lo acepté.
- ¿Ha leído ya la edición de la tarde?- me dijo mientras me acercaba una cerilla.
-No. De qué se trata.
- Al final hemos adoptado el calendario chino. Desde mañana. El gobierno lo ha aprobado finalmente al mediodía.
- ¿Y dónde nos coloca eso?.- Estaba mirando hacia la calle iluminada y lluviosa, teñida del amarillo de los faroles, pero entonces enfocó la vista para mirarme a través del reflejo de los cristales. Luego se giró para mirarme a los ojos y sonrió de nuevo con una tristeza resignada.
- A usted no lo sé- dijo- a mi en el mismo lugar de siempre. Depositó sobre el cenicero el eterno cigarro incombustible, se levantó, cogió su sombrero y pasando a mi lado, rozando con su mano sobre mi hombro, se fue.
-¿Qué día es hoy?- le pregunté a la camarera cuando se acercó a retirar su café sin tocar. Se giró para mirar un calendario colgado en la pared al otro lado de la barra.
-Treinta y uno- dijo.
Por supuesto, pensé. Treinta y uno de marzo.