Me encontré, en el Cambio de planes, con el hombre del traje gris. Estaba sentado junto a la ventana al fondo del local y junto a él descansaba su sombrero sobre el asiento. Respondió a mi saludo con una sonrisa triste y con un leve gesto me invitó a sentarme. Frente a él, sobre la mesa, humeaba un café intacto y yo pedí lo mismo cuando la camarera se acercó a tomarme nota. Me ofreció un cigarrillo y lo acepté.
- ¿Ha leído ya la edición de la tarde?- me dijo mientras me acercaba una cerilla.
-No. De qué se trata.
- Al final hemos adoptado el calendario chino. Desde mañana. El gobierno lo ha aprobado finalmente al mediodía.
- ¿Y dónde nos coloca eso?.- Estaba mirando hacia la calle iluminada y lluviosa, teñida del amarillo de los faroles, pero entonces enfocó la vista para mirarme a través del reflejo de los cristales. Luego se giró para mirarme a los ojos y sonrió de nuevo con una tristeza resignada.
- A usted no lo sé- dijo- a mi en el mismo lugar de siempre. Depositó sobre el cenicero el eterno cigarro incombustible, se levantó, cogió su sombrero y pasando a mi lado, rozando con su mano sobre mi hombro, se fue.
-¿Qué día es hoy?- le pregunté a la camarera cuando se acercó a retirar su café sin tocar. Se giró para mirar un calendario colgado en la pared al otro lado de la barra.
-Treinta y uno- dijo.
Por supuesto, pensé. Treinta y uno de marzo.
- ¿Ha leído ya la edición de la tarde?- me dijo mientras me acercaba una cerilla.
-No. De qué se trata.
- Al final hemos adoptado el calendario chino. Desde mañana. El gobierno lo ha aprobado finalmente al mediodía.
- ¿Y dónde nos coloca eso?.- Estaba mirando hacia la calle iluminada y lluviosa, teñida del amarillo de los faroles, pero entonces enfocó la vista para mirarme a través del reflejo de los cristales. Luego se giró para mirarme a los ojos y sonrió de nuevo con una tristeza resignada.
- A usted no lo sé- dijo- a mi en el mismo lugar de siempre. Depositó sobre el cenicero el eterno cigarro incombustible, se levantó, cogió su sombrero y pasando a mi lado, rozando con su mano sobre mi hombro, se fue.
-¿Qué día es hoy?- le pregunté a la camarera cuando se acercó a retirar su café sin tocar. Se giró para mirar un calendario colgado en la pared al otro lado de la barra.
-Treinta y uno- dijo.
Por supuesto, pensé. Treinta y uno de marzo.
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