sábado, 25 de agosto de 2007

La defensa del sarcasmo

Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, la ciudad ardía por completo. Esbozó un gesto de resignación y pensó y qué. Contempló por unos instantes, con las manos en los bolsillos, el desangrarse de las calles abarrotadas de gente que corría porque aún tenía algo que salvar y se le escapó la sonrisa triste de los que ya han renunciado a todo; de los que han dejado de refugiarse en los recuerdos inventados y a quienes ni siquiera les queda la rabia de la impotencia por los sueños sin cumplir. Abrió la ventana, cerró los ojos y recibió en plena cara el golpe del calor insoportable, el horror de los gritos de socorro, el aullido estéril de las sirenas agotadas e impotentes y el estruendo de la explosión de los cimientos de la ciudad; y sin embargo, sólo pudo oír el silencio de las aves que ya se habían ido hacía tiempo; y entonces, comprendió que todo lo que le quedaba era la defensa del sarcasmo y lenta, premeditadamente, sacó un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió.

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